REQUIEM PARA UN
RECUERDO NECESARIO
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Mientras conducía su automóvil por la carretera vecinal, acercándose al pueblito de sus mayores, sonreía aspirando el perfume del trigo mecido por el viento. El molino que giraba moviendo sus aspas según la fuerza del viento le recordó su infancia y los cuentos del abuelo acerca del gigante que soplaba para hacerlas dar vueltas. La tierra mojada por la lluvia reciente expelía un vapor mohoso que subía perdiéndose en la atmósfera. Le penetraba su olor y reactivaba también los recuerdos. Los girasoles movían lentamente su risueña cara. Y sus largos cabellos amarillentos le saludaban alegremente al compás del vientecillo campero, haciendo volar su cabello y despeinándola toda, pero ahora, ¡qué importaba..! ¡Todos recuerdos! ¡Tantos recuerdos! Todo en su vida era una serie inacabable de recuerdos.. de ayeres que ya no existían.
Tendría que existir un lugar donde se guardan los amores viejos…Decir: - Hoy vengo… Estoy aquí, buscando aquel amor que yo tenía, cuando los 23 años eran un número sin carga. Para poder sentirme bien, sin simulacros; alimentando el renacer en un proyecto donde uno, tuvo todo que ver en lo planeado.
Su presente era sólo el recordar; un presente vacío que se basaba sólo en recuerdos. Las fragancias le traían las memorias. El olor a pasto, a campo agreste, a tierra mojada, a mañana soleada. Los maizales se movían danzando su inacabable crecimiento, durmiendo su fruto en su baile cadencioso. Las visiones le traían rememoranzas. Allá, en el interior del campo que ahora estaba pasando, vio trotar feliz y libremente un caballo como el que ella montaba cuando era niña, un pintado. Y eso le trajo el recuerdo, y recordó.. algo que no quería recordar. Lo doloroso. La causa de que ella viniese al pueblo hoy, un día antes de la feliz reunión familiar a la que asistirían los miembros desperdigados por el mundo de su familia para festejar la llegada a la patria de los viejos, los nonos como se les llamaba, aunque su abuelo ya no viviese y la nona estuviese demasiado anciana para recordar mucho de lo sucedidó en ese entonces.
Para que pueda darme un cúmulo de ideas. De aquellas… cuando la vida era otra. Subir la cuesta del nomeolvides… Si me olvidás en tu recuerdo, se quedaría solo este fantasma que soy ahora, después de la esperanza, antes de apagar los ojos para cerrar la luz y abrir hasta el desvelo la memoria.
Si aún parecía que se escuchaban las risas de sus primas y hermanas correteando alegremente entre las plantas, escondiéndose en el granero, robando los huevos a las gallinas para jugar a la guerra.. Y los gritos de la abuela enojada porque le habían cortado sus rosas favorita para adornar la casita que se hacían en el rincón del lavadero.
Allá a la izquierda, su mandarino, el mandarino fragante que plantaron al nacer ella, la segunda nieta, una de las preferidas entre todas las mujeres que poblaban esa casa. Porque eran familia de mujeres. Tres hermanas mujeres su madre. Tres hijas mujeres cada una de ellas..
Entró con el auto por el sendero
Y frenó frente a la antigua puerta del galpón; al bajar olió la madera rancia de la que estaba hecho, vieja, carcomida por el tiempo, madera que mostraban la cara rugosa que le había dejado el paso del tiempo.
De todas formas, estoy dispuesto a no regalarle a la lluvia mi tristeza. Con tanta agua, no necesita de mi humilde lágrima de solo.
Y como siempre, las moscas revoloteaban cerca del pequeño estanque, donde ya no nadaban los patos, pero que continuaba allí. Plagado como cada verano de tantos años perdidos de pequeñas mariposas blancas y amarillas.. La alegría de la casa; las mariposas que revoloteaban entre las flores y que luego se asentaban en el borde del estanque.
La asaltó el silencio pesado de la casa. Con sus ojos cerrados al mundo. Pero por eso era que ella estaba allí. Ella había venido a esta soledad, al lugar donde dio los primeros pasos, donde aprendió casi todo en su vida con un fin; que sólo podría realizar si la casa estaba así, vacía, solitaria.
Comenzó a caminar, y cuando el recuerdo de él le vino a la memoria lo alejó de un manotón, no valía la pena pensar ya más en un imposible que tanto daño le había hecho. Ahora finalmente terminaría con todo. Terminaría la pesadilla de ese amor que la había llevado a extremos de enajenación .
El sol igual, saldrá mañana. Alguien lo pintará tal vez, con trazos gruesos, con dedos jóvenes. Igual que yo antes de ver el lápiz en mi mano, moverse solo contando cosas como éstas. Después de descubrirlo en aquel cuadro aunque en el cielo sonriera en los veranos.
Mañana, cuando toda la familia se reuniese allí como estaba programado, ella estaría esperándolos para no compartir más nada, ni con ellos ni con nadie. Y dejaría allí, donde había crecido, el último aliento de su vida. Abrió lentamente la puerta y el olor a encierro la envolvió. Pensó en abrir las ventanas, pero ¿para qué? No necesitaba luz para lo que iba a hacer. Decididamente cerró la puerta y se dirigió a la sala de estar. Donde seguían guardados los recuerdos del abuelo, entre ellos la colección de escopetas, rifles y revólveres, y eligió ese, el pequeño, el que él le había enseñado a disparar en el campo, y sonrió tranquilamente mientras lo dirigía a su boca. Diciendo: -"¡Adios, amor!! ¡Ya no sufriré más por tí!!
Debería existir ese lugar… Uno entraría, por ejemplo, podría reflejarse en un espejo y ver, entonces, aquella camisa a cuadros azulados y recordar que eran sus manos las que lograban que aquel cuello luciera siempre como nuevo. Y responsable también, de la mirada intensa y fulgurante que muestra el rostro de uno en el espejo. El rostro de cuando uno era felíz, al verse acompañado, luciendo aquella camisa a cuadros azulados Y un amor viejo, de aquellos, cuando los años eran un número sin carga.
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JORGE PICA
MIRTA BRESSO
(Editada para “Ondas Latinas”
9 de Julio, 1999)
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