"Aquellas Vidas del Movimiento Contínuo"

 

 Nació libre y frío, allí en las alturas incontables a las que sólo llega el cóndor en su majestuosidad, en la cumbre más helada y alta.  Con  la  ayuda de su padre el Sol, se desprendió lentamente del vientre de su madre y comenzó a dar sus primeros goteos.  Sí, porque la primera gota que con su calor, su padre le ayudó a formar, se juntó luego a la otra y así, hasta que llegó a ser un humilde hilito desplazándose por sobre la helada anatomía de su madre, la nieve.   Despacio, anexó así gota a gota a su ser, como los niños adosan horas para ir formándose.

 

La vorágine de una situación sin remedio (por lo menos, para él) lo había estado envolviendo en un proceso que ya, llevaba unos 3 años.

   - Debes volver a tomar conducción de tu propia vida... - le habían aconsejado, y él, impulsado por la naturalidad de los acontecimientos, caía y veía caer a su alrededor, todo o casi todo lo que le importaba, momento a momento, todos los días, un poco más...

 

Comenzó luego a ver que iba perdiendo, de a poco, contacto con su progenitora. La nieve ya casi no estaba, pero el dolor de dejar atrás a su madre se vió compensado con la alegría de su rápido crecimiento.  Bullía dando pequeños saltos y levantando espuma, libre por la planicie rocosa que lo convertía en un riachuelo murmurante, inquieto y juguetón, desviándose frecuentemente de su camino, aprendiendo que si se salía de su curso,  se perdía en la nada y gastaba gotas que, finalmente, se secaban al sol de la desolación.

 

   No era, metafóricamente hablando, una caída libre, como aquella de ciertos paracaidistas o acróbatas del aire.   Desde la asumida pérdida de aquella guerra mítica, genuína pero utópica, donde el final presidió el derrumbe.   Había aprendido, con la experiencia del rodar,  a asirse de ligustros, de ciertas sobresalientes, algun árbol firme...   Pero duraban un tiempo; la vorágine era insostenible y terminaba por llevárselo todo.

 

Se encontró con ramas inquietas que le rayaban la piel y que querían detener su paso, pero en la libertad de su crecimiento se hizo importante y las rodeaba asustándolas cuando pretendía llevárselas con él a ese, su pais del nunca acabar, al encuentro con sus mayores que lo esperaban allá, juntos, todos reunidos en esa interminable masa acuática.Asustadas,  las  ramitas se resistían a él y jugueteándo,  las llenaba de espuma blanca y susurrante, empujándolas en su ir y venir, jalándolas en su resitir.

 

Ella apareció, en aquel transcurrir, ladera abajo, como si la madre naturaleza le hubiera dado un mordisco plano a la montaña, creando aquella suerte de meseta donde poder asentarse.   El, que creía en esa cosa fantástica que conllevan ciertas situaciones, se aferró con toda la fuerza de su espíritu desolado a ese pedacito de tierra rocosa. En otros tiempos, los de campos verdes y frondosos, aquello le hubiera parecido un lugar por lo menos inhóspito, pero todo había cambiado.  Sólamente aquel que cae sabe del valor de una mano que se extiende y sostiene.  Y entregó así todo aquello que había logrado salvar del derrumbe de su mundo.

 

Pasó luego por campos infinitos,donde las mil tonalidades de verde, le sonrieron revolviéndose en el aire, mientras los animales se acercaban a saludarlo, levantando apenas sus ojos somnolientos para mirarse en él. Y cuando llegó a la zona de los arbolitos y de los sauces llorones que lo acariciaban con su cabellera, se sintió haber arribado a un oasis, remanso de paz y felicidad. El viento lo rozaba suavemente y le hacía erizarse . Decidió entonces quedarse allí, y no seguir su curso hacia adelante.Quedarse formando una poza donde pudieran retozar los pájaros,  bañarse los patos.

 

   Al poco tiempo, magullones y moretones comenzaban a desaparecer mientras, la energía que siempre lo caracterizaba se hacía cuerpo en él.- "Eres tan grande que me colmas; me llenas de todo aquello que me hace falta... "   Le escuchaba decir en los desvelos de cigarrillos y palabras. Entonces, como nunca,  tradujo su agradecimiento en pequeños detalles de convivencia que evitaban trabajos engorrosos y tareas fastidiosas; eso, por lo menos lo podía hacer, aliviándo la pesadez del día creando espacios de encuentro, parajes de entendimiento.   Pensó que, después de todo, hasta en la debacle se puede encontrar ciertos momentos de parsimonia.

 

A medida que el tiempo pasaba, fue engordando, engrosando, aumentando, aunque veía que a su alrededor todo se caía, todo envejecía, y ya las ramas perdían sus hojas amarillentas, y los animales no se acercaban a beber de él..  Su superficie comenzaba a llenarse de una película verdosa, y miles de pequeños insectos revoloteaban a su alrededor. Un mal olor le iba ganando y en su fondo todo se volvió moho y barro. Ya no era el riachuelo cristalino y rumoroso.  Ya nadie se acercaba a él.

 

   Un día, después de maniobrar su cuerpo durante todo el día, tratando de quitárselo a las pedradas, se sentó, cansado.   Apoyó su cabeza en un regazo que por cansancio, no había advertido que ya no era el mismo.   Sintió una fragilidad esquiva, una liviandad comprometida en una culpa equivocada.   Bajo la sombra conocida de una sospecha cotidiana, se atravió a preguntar.

     " Eres tan grande que me aplastas; me llenas de cosas que me quitan el aire..."

 

    No tenía explicación para eso, y ya estaba viendo que su vida se volvía monótona y solitaria.   No era bueno estar parado en un solo lugar, dejando  pasar el tiempo.. Comprendió que la vida no se podía detener a gusto en un punto y seguir siendo por siempre lo que se era.  Que el estanque lo había hecho perder parte de su juventud, su lozanía y por ello decidió seguir adelante.   Correr hacia donde su destino lo enviaba.. Buscando el encuentro de sus congéneres,  juntarse con sus hermanos mayores y menores. Comprendió que al fin, la vida es un suceder, nunca un estar.

 

   Sigue como siempre, creándose proyectos, dándole sentido a ese espíritu desbordante, pasional.   Siempre entendió que el transcurrir es eso que sucede ahí fuera, mientras algunos hablan de él, allí, dentro.   El, no era de esos...

   Y sigue rodando...   A veces, cree hacerlo cuesta abajo, como parte de aquella debacle, la que continuó al derrumbe de su mundo.

 

JORGE PICA

MIRTA BRESSO

 

((Editada para "Ondas Latinas" -

Viernes 3 de Setiembre, 1999)

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